En los últimos años se generaron cuatro pilares fundamentales para la producción agropecuaria: se aprovecharon los avances de la biotecnología, se implementó la siembra directa, se profesionalizó la agricultura y, por último, se desarrolló el almacenamiento ilimitado de la producción de granos, lo que permitió suplir recurrentes problemas de infraestructura.
Cabe recordar que la soja RR y la implementación de la siembra directa simplificaron la agricultura y aumentaron los rendimientos. Además, se redujeron los costos, se incrementó la seguridad de logro del cultivo y se favoreció su desarrollo en potreros y zonas donde nunca antes se había implantado, expandiendo así la frontera agrícola.
La profesionalización de los agricultores fue otro hecho relevante, porque se transformaron en empresarios al entender que el negocio agropecuario no empieza y termina en la tranquera sino que tiene una gran cantidad de vínculos con otros agentes que operan en la comunidad agroindustrial. Así, hoy se hacen contratos y acuerdos que generan una red de trabajo que empieza con el propietario del campo y se extiende desde los proveedores de insumos y servicios hasta quienes procesan su producción. En el medio hay una intrincada red de actores que interactúan en el sistema y generan un nuevo nivel de productividad y de renta.
Es importante resaltar que heredamos un sistema de comercialización de granos envidiado en todo el mundo, pero que, en la actualidad, sufre la injerencia exacerbada de los organismos estatales. La demora en la entrega discrecional de los ROE y la implementación de cupos a la exportación genera incertidumbre en todo el mercado. Al fin y al cabo, se entorpece la función del productor y se dificulta la actividad exportadora.
Con respecto al panorama internacional, la irrupción de los países del sudeste asiático como demandantes de proteínas vegetales, y ahora también de cereales, quebró la lógica instalada en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, basada en la seguridad alimentaria de Europa y Japón. Los excedentes que se fueron acumulando y la posterior batalla de subsidios que se libró con los Estados Unidos perjudicaron seriamente a los países productores de materias primas. En la última década ese equilibrio de fuerzas cambió y eso se ve reflejado en los precios.
Por otro lado, no podemos olvidar la importancia de los biocombustibles. Se trata de una industria destinada a producir energía renovable que mitiga la dependencia respecto de los combustibles fósiles.
El escenario no puede ser más alentador para el sector, aunque, por diferentes motivos, seguimos desaprovechando oportunidades para alcanzar el crecimiento productivo de las actividades agropecuarias en su conjunto.
El campo en movimiento hoy significaría alcanzar 157 millones de toneladas de granos en 2020. Pero eso no sería todo: hay que considerar las capacidades para transformar gran parte de ellos en proteínas animales de alto valor agregado. Queda claro que esas capacidades las debemos desarrollar con espíritu innovador y estableciendo sinergias con los entes públicos y la comunidad en su conjunto.
Alcanzar el potencial enunciado implicaría que la producción agropecuaria argentina podría alimentar a 632-745 millones de personas en vez de los 441 millones actuales. Expresado de otra manera: la producción alcanzaría para alimentar a 15,5 – 18,3 Argentinas, en vez de las 11 actuales.
Sin embargo, para que esa oportunidad se convierta en realidad hace falta que se den varias condiciones imprescindibles: que el negocio sea rentable, que haya previsibilidad, que se puedan incorporar nuevas tecnologías, que haya institucionalidad y que se establezcan políticas a largo plazo. Por otro lado, no debemos olvidar que aquellos países que alcanzaron un desarrollo económico sostenible en el tiempo fueron los que pudieron acortar la brecha entre la industria y el agro sin antinomias ni rivalidades de por medio.
Para finalizar, es preciso mencionar que será imprescindible trabajar integralmente en el desarrollo económico, social y ambiental de la agroindustria sin olvidar que la fertilidad genética de nuestros suelos da señales de agotamiento.

POR JUAN BALBÍN: Ex presidente de la Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (AACREA).