El boxeo brinda sensaciones únicas. Como aquella pelea memorable de Locomotora Castro cuando le ganó a John David Jackson, cuando el “Negro” estaba maltrecho. La de Maravilla Martínez fue una delicia para los ojos, pero que sorpresivamente casi termina en decepción. Por su propia culpa. Sergio Martínez terminó sangrando y hasta cayó en el último round, pero GP12 a Julio César Chávez Jr. y recuperó el cinturón mediano del Consejo Mundial de Boxeo. Los jueces lo vieron ganador por 117-110, 118-109, 118-109.
No lo conozco de ahora, después del programa de Fantino o el Bailando de Tinelli. Sé bien quién es. El mejor de todos, el distinto, un orgullo real, válido, verdadero, que tenemos todos los argentinos. Que tiene el mejor equipo, con el Hueso Sarmiento a la cabeza.
El calibre de la grandeza de los campeones reales, de todos los tiempos, siempre se manifiesta en una adversidad, no solamente en bailar a los rivales (por eso vos, Floyd Mayweather, nunca vas a ser un gran campeón, ni aunque colecciones otros 17 cinturones). Es bueno que los campeones tengan el desafío de los mejores rivales, pero no solo eso. Es necesario que se les presenten grandes adversidades.
Maravilla Martínez le ganaría 7 de 7 a Chávez Jr. si pelearan esquemas de playoff tipo NBA. No por eso Martínez debiera creerse  el inventor y el clausurador del boxeo. Cada zapato tiene su horma, y esa ley puede estar delante de uno cualquier noche. Chávez demostró que no es ningún manco, y que al menos tiene la habilidad de «deshidratarse» en apariencia y, tal vez también, de gozar de algún ayudín necesario de parte del Concejo o de la fiscalización de la CAN (Nevada)  para subir con ventajas de peso ante todos sus rivales, incluído Maravilla, el día de la pelea. Por eso Maravilla, a mi juicio,  cometió el grave error de tomarse en jauja su abrumadora superioridad boxística, técnica, táctica y estratégica. Nunca hay que sobrar al rival que está siendo desnudado en sus desventajas competitivas. Y mucho peor que sobrar al rival, es “perdonarle la vida”. En boxeo el objeto es el nocaut, y si no se consigue ese objetivo, se debe tener la precaución dejar bien manifiesta la superioridad y la contundencia. Ganar los rounds y aparte, lastimar, mellar la apariencia física de quien se ha de declarar perdedor. Entonces, había marcado Maravilla esa superioridad durante la mayoría de los rounds: sin dudas. Se traducía esa eficiencia en un cuadro visible de deterioro tan marcado: hasta cierto momento si, luego se diluyó.
Si el objetivo de Maravilla era humillar a Chávez, se equivocó. Nadie se entrena para recibir piñas, sino para evitarlas. Pretender que nunca uno se hubiera imaginado que boxeando se pueden recibir piñas inesperadamente, o no entender que recibir golpes imprevistos te puede costar una derrota, es un desayuno medio tardío para Maravilla. Habrá que festejar la foja, el record de Martínez que corona gloriosamente un estilo, una marca propia, que hace historia y que brilla internacionalmente con una luminosidad que los propios argentinos todavía no entendemos bien. Maravilla será considerado una gloria del boxeo moderno, de la época en que los boxeadores de elite tienen un nivel de excelencia atlética que otras épocas de este rudo deporte no tuvieron.
Sergio ingresará en un grado de consideración por encima de Julio Cesar Chávez Senior y del propio Carlos Monzón, que comparativamente, no fueron tan categóricos en este “juego” que está considerado hazañoso de subir y bajar de categorías peleando en el peso de otros grandes retadores. La pelea con Mayweather es una pipa de mala calidad, que da una sensación que nunca fue realizable, ni será nunca real.
A Maravilla le quedan nuevas exhibiciones ante este tipo de rivales de muy inferior nivel. Barrería lo que le queda por delante con solo dedicarse a lo que mejor hace y sabe: boxear. Bravuconear y postergar el golpe final y con eso hacer revivir sobre el ring a los rivales ya vencidos, es un pecado imperdonable para la inteligencia que gobierna el movimiento de esos guantes. El corazón de muchos argentinos se paró el sábado a la madrugada por un tal Sergio Martínez. Ese que nos hace festejar a gritos, como lo hicieron (aunque en un grado menor por la trascendencia de las coronas) el querido Lucas Matthysse y el Chinito Maidana. Lo de Marabrilla fue supremo. Memorable.